Como un vals danzado por los instrumentos de cuerda, el primer movimiento del Tercer Concierto de Brandenburgo, Allegro, es capaz de envolver por completo a su auditorio en tan sólo unos instantes.
Sin lugar a dudas, la representación cumbre de la música de cámara que Johann Sebastian Bach compuso como maestro de capilla – es decir, siendo director artístico y compositor simultáneamente-, está constituida por los seis Conciertos de Brandenburgo que han destacado por su capacidad única de transmitir y generan en el oyente un estado anímico de tranquilidad, plenitud y satisfacción.
Particularmente, el primer movimiento del Concierto de Brandenburgo No. 3 ha trascendido en la historia por la efectiva manera en que refleja la carga emocional que Bach buscaba en su música: el alivio del espíritu.
La música, como cualquier otra forma del lenguaje, puede ser estudiada desde un punto de vista discursivo, es decir, determinar la información que ésta transmite a través del conjunto de las formas propias de dicha arte. El hombre encuentra en la música un vehículo de comunicación que requiere expresarse por medio de sonidos organizados y socialmente delimitados. Los significados concretos de la discursividad musical son producto de la convención social y, por lo tanto, arbitrarios.
Conformado por Allegro – Adagio – Allegro, el Tercer Concierto de Brandenburgo en Sol Mayor es reconocido universalmente como el arquetipo de los conciertos grossos de cámara. Empero, personalmente es el primer movimiento de dicho concierto el regalo divino más grande de Bach.
Una entrada de vitalidad da inicio a ese juego de repetición de argumentos musicales expuestos por el tutti, mientras que el bajo continuo, trabajado también por el clavecín, se contrapone con la constancia que mantiene el pulso de la obra.
Bach hace uso de dos recursos tradicionales de la música para acentuar los argumentos principales: los matices recurrentes, que llevan del forte al piano en un compás, atenuando sólo la última nota de cada frase, y el unísono que se presenta constantemente.
Cerca de la mitad de la obra se muestra un fragmento del tema principal –y más reconocido –pero no es sino hacia el final que lo culmina con la repetición de esta figura musical impresionante. Durante más de cuatro minutos podemos escuchar a todo el juego de cuerdas –violines, violas y cellos – fraguar incesantemente el tema hasta culminarlo en el final de la pieza, con un vaivén de intensidad.
El movimiento termina con lo que en música se conoce como la cadencia perfecta, es decir, la presentación de los armónicos en orden tonal.
El Concierto de Brandenburgo No. 3, podemos decir, es el resultado del contexto en que Johann S. Bach lo escribe; siendo un hombre pleno, residiendo en el trabajo que más productividad le delegó y con el carisma de una vida satisfecha.
Estas cualidades son sencillamente transmitidas a través del movimiento Allegro; Bach las dejó guardadas en un cofre de notas que hasta el día de hoy podemos distinguir en su discurso.
Desde la selección específica de los instrumentos (sólo cuerdas para un concierto grosso), la determinación del tiempo y pulso (Allegro) y la tonalidad (Sol mayor), hasta la composición de un tema musical adherente y digerible, Bach tuvo cuidado de cada detalle para alcanzar el discurso de la perfección armónica que sólo en su música evoca la plena satisfacción.