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El (intento de) regreso de E Bemol

Abre una cuenta de Twitter. Investiga estadísticas sobre Pinterest. Genera contenido para Facebook. Busca bloggers para la campaña. Mide el impacto de las tácticas. Vuelve a comenzar.

Este vaivén diario de mi vida laboral me ha alejado, irremediablemente, de mis redes personales. Ni siquiera mi perfil de Twitter se ha podido salvar. Rara vez tengo ánimo, tiempo y disposición de consultar y, aún menos, de contribuir con contenido de valor.

Por el contrario, he corrido a refugios tangibles, de experiencias multi-sensoriales, terrenos verdaderamente físicos que enriquecen mi acervo y liberan mi presión.

El arte ha sido mi refugio. No como una falsa postura de elitismo y presunción, sino como un reconocimiento de insignificancia frente a las más sublimes manifestaciones del hombre.

El nombre de este blog surgió, precisamente, por esa confesión de insuficiencia ante la música.

“Así que desde muy pequeña encontré un método para no tropezar con este descuido: marcar con lápiz el símbolo del bemol en todos los Mi de las partituras.

Con el tiempo, este sello se ha convertido en la insignia que me recuerda la segunda oportunidad que me ha otorgado la música”.1

Ese hambre de, por qué no decirlo, entretenimiento, deleite y placer crece cada día hacia otras áreas de conocimiento.

Y en este pequeño espacio de expresión que creé dos años atrás quiero, a partir de ahora, reflectar estas prácticas multidisciplinarias. [Como siempre lo digo:] Más como una bitácora que como un análisis, más como un colector de recuerdos que como cualquier otra cosa.

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Ocho meses de ausencia

“El tiempo corre arrollador como impetuoso mar” y así, cual sueño, ocho meses han pasado ya desde que, como última aparición, di gracias por el nacimiento de J.S. Bach.

Una ausencia perpetua –no de la web sino de este fragmento solamente –se apoderó del blog.   

¿Qué ha sucedido en todo este tiempo?

Básicamente: encontré mi trabajo ideal. Y eso no significa que haya consumido todo mi tiempo, más bien reestructuré mis prioridades; aunque no en el orden correcto. No sólo E Bemol quedó en el olvido, mi tesis y la natación también.

 

Pero ¿y la música qué?

Jamás podré hacerla a un lado de mi vida, es parte de mi palpitar. Canté por primera vez con la Sinfónica de Minería en el Auditorio Nacional, salí en televisión, me fui de gira y ¡hasta amenicé bodas! Pero nada de esto fue ‘el acontecimiento’ .

 

El Coro Félix Mendelssohn sí lo fue. 

Mi incorporación a este coro me ha enseñado que la interpretación –la proyección final de la obra –es resultado de la empatía, el compañerismo, la paz y la colaboración de todos los miembros, no sólo de la perfección musical. 

Y es así como un coro de iglesia conformado por aficionados meramente eleva la calidad de su interpretación, aumenta la dificultad de su repertorio y contagia su gran pasión por la mayor de las artes: la música.

¿Han visto As It Is in Heaven? Algo así.

 

Seis meses después de haberme integrado al Félix Mendelssohn, puedo ufanarme de haber crecido como persona, músico, cantante y creyente. Ese es el poder de la música.

 

Pero nunca es suficiente. La música es perfecta. El hombre, perfectible.

Así que, un mes atrás, comencé a tomar clases de armonía. Quién sabe a dónde me llevará esta aventura. Sólo sé que no es el final de E Bemol; it’s under construction. 

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Alles gute zum Geburtstag, Genie.

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Plenitud y satisfacción; el discurso de Bach

Como un vals danzado por los instrumentos de cuerda, el primer movimiento del Tercer Concierto de Brandenburgo, Allegro, es capaz de envolver por completo a su auditorio en tan sólo unos instantes.

 

Sin lugar a dudas, la representación cumbre de la música de cámara que Johann Sebastian Bach compuso como maestro de capilla – es decir, siendo director artístico y compositor simultáneamente-, está constituida por los seis Conciertos de Brandenburgo que han destacado por su capacidad única de transmitir y generan en el oyente un estado anímico de tranquilidad, plenitud y satisfacción.

Particularmente, el primer movimiento del Concierto de Brandenburgo No. 3 ha trascendido en la historia por la efectiva manera en que refleja la carga emocional que Bach buscaba en su música: el alivio del espíritu.

 

La música, como cualquier otra forma del lenguaje, puede ser estudiada desde un punto de vista discursivo, es decir, determinar la información que ésta transmite a través del conjunto de las formas propias de dicha arte. El hombre encuentra en la música un vehículo de comunicación que requiere expresarse por medio de sonidos organizados y socialmente delimitados. Los significados concretos de la discursividad musical son producto de la convención social y, por lo tanto, arbitrarios.

 

Conformado por Allegro – Adagio – Allegro, el Tercer Concierto de Brandenburgo en Sol Mayor es reconocido universalmente como el arquetipo de los conciertos grossos de cámara. Empero, personalmente es el primer movimiento de dicho concierto el regalo divino más grande de Bach.

 

Una entrada de vitalidad da inicio a ese juego de repetición de argumentos musicales expuestos por el tutti, mientras que el bajo continuo, trabajado también por el clavecín, se contrapone con la constancia que mantiene el pulso de la obra.

 

Bach hace uso de dos recursos tradicionales de la música para acentuar los argumentos principales: los matices recurrentes, que llevan del forte al piano en un compás, atenuando sólo la última nota de cada frase, y el unísono que se presenta constantemente.

 

Cerca de la mitad de la obra se muestra un fragmento del tema principal –y más reconocido –pero no es sino hacia el final que lo culmina con la repetición de esta figura musical impresionante. Durante más de cuatro minutos podemos escuchar a todo el juego de cuerdas –violines, violas y cellos – fraguar incesantemente el tema hasta culminarlo en el final de la pieza, con un vaivén de intensidad.

 

El movimiento termina con lo que en música se conoce como la cadencia perfecta, es decir, la presentación de los armónicos en orden tonal.

 

El Concierto de Brandenburgo No. 3, podemos decir, es el resultado del contexto en que Johann S. Bach lo escribe; siendo un hombre pleno, residiendo en el trabajo que más productividad le delegó y con el carisma de una vida satisfecha.

Estas cualidades son sencillamente transmitidas a través del movimiento Allegro; Bach las dejó guardadas en un cofre de notas que hasta el día de hoy podemos distinguir en su discurso.

 

Desde la selección específica de los instrumentos (sólo cuerdas para un concierto grosso), la determinación del tiempo y pulso (Allegro) y la tonalidad (Sol mayor), hasta la composición de un tema musical adherente y digerible, Bach tuvo cuidado de cada detalle para alcanzar el discurso de la perfección armónica que sólo en su música evoca la plena satisfacción.

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Bach, el de la música padre

  • Desde que soy niña, mi método favorito de piano ha sido la colección de libros de Ana Magdalena Bach. En primer lugar porque, como lo dice la carátula del libro, al ser para early grades resulta muy fácil interpretarlos. Sin embargo, uno puede deleitarse tocando temas, ritmos y melodías riquísimos en exquisitez y variedad, a pesar de su sencillez. Además, sólo hace falta que una composición lleve el apellido Bach para que la ame.
  • Mi pieza favorita para liberar el estrés es el Minueto en D menor. Y como generalmente estoy tensa, ese tema suena muy seguido en mi casa.
  • Esta mañana mi hermano me dijo…
  • Er: ¿Por qué siempre tocas esa?
  • Ich: Porque me desestresa.
  • Er: Pues ya me aburrí de que siempre toques lo mismo.
  • Ich: ¿Cómo? ¿Te aburre Bach, el Padre de la música?
  • Er: Querrás decir "Bach, el de la música padre"...
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Un mes sin Jaso

Recuerdo las frágiles y sentidas palabras de Miguel cuando aquella noche de febrero llamó triste para notificar la pérdida. “El Maestro Jaso ha partido”. Como para muchos otros, Enrique Jaso no fue sólo el maestro de Miguel, sino su padre y tutor.

También recuerdo las innumerables veces que insistió en que acudiera a clase con el Maestro mientras aún estaba entre nosotros. “Estás perdiendo la oportunidad de aprender con el mejor maestro de canto que ha conocido México” decía.

Hace un mes ya que el Cantor de Viena no está entre nosotros y reconozco que, efectivamente, sus regaños y consejos harán falta en la formación de mi voz.

Afortunadamente no fue así con cientos de cantantes mexicanos que Jaso apadrinó desde el inicio de sus carreras y quienes tendrán un entrañable y eterno agradecimiento para con él. Gracias a la entrega y pasión de Enrique Jaso en la docencia operística, México ha disfrutado de voces como la de Rolando Villazón, Aarón Medrano, Noé Colín y Mónica Guillén.

Fue en el Centro Cultural del Bosque que escuché por última vez las amonestaciones del maestro Jaso. Decía de los alumnos del taller de ópera de la Escuela Nacional Preparatoria Pedro Luís de Alba: “Es un gusto ver que estos jóvenes no están desperdiciando su vida con rock y drogas, y que aún vive el interés por este arte tan bello que es la ópera. Porque la ópera no es sólo canto, es actuación, es ejercicio, es técnica vocal. La ópera es todo”.

Cada uno de los intérpretes -solistas y coreutas -de esa noche de noviembre, lo aclamaron con sentida admiración y gratitud. Algunos llorando y otros vitoreándole. Aunque ciertamente rockera en el fondo, aplaudí yo también como si fuera parte de ellos. Quizá porque, sin saberlo, entendía que no muy tarde partiría y me alegraba de verlo en vida.  

Ahora recuerdo con nostalgia al Maestro que nutrió de voces al Instituto Nacional de Bellas Artes, cuyo Palacio no fue abierto para despedirlo, tan sólo por morir unas horas más tarde que Eugenio Toussaint. Pero será entre los pasillos y salas del Conservatorio Nacional de Música, la Escuela Nacional de Música y del INBA que resonará perpetuo el legado de un genio operístico.

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Cómo ser como él

Me pregunto si Bach alguna vez estuvo desamparado. Si se sintió desesperado, frustrado o en ruina. Probablemente no. Y no porque todo en su entorno fuera tan magnánimo como su talento, sino porque él tenía una convicción: honrar a Dios en todo.

No gastaba el tiempo –como yo –en mirar su miseria. Tomaba el tintero y expresaba su gratitud al Creador. Pasaba las horas en Su presencia y después las reflejaba en composiciones.

Su éxito no consistía en el dominio del horizonte musical y de los instrumentos, sino en su servicio fiel e irreprochable a Dios.

Cómo ser como él. Que no le faltaba nada porque lo tenía todo: a Jesucristo mismo como el centro de su vida y al Padre como su fuente de inspiración.

Su paciencia y humildad, su genialidad y disposición; cualidades que lo convierten en el único al cual admirar, y a Ana Magdalena, alguien a quien envidiar.

Un bálsamo para el alma, sí. No sólo su música que alivia el espíritu humano, sino su ejemplo digno de admirar. El recuerdo de Johann Sebastian es el que me reta esta noche a confiar.

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Es la víspera de año nuevo la oportunidad ideal para preguntarnos ¿hacia dónde se encamina el arte en el nuevo milenio?

En mi afán por conocer la fórmula más exitosa para ejercer la gestión cultural, destiné el último mes al análisis y estudio del Social Media, el diseño y, desde luego, el arte y la cultura.

Durante el I Congreso Internacional de Social Media MX asistí a la ponencia “Arte y tecnología”. Distinto a lo que esperaba, el eje de la conversación fue la creación artística con recursos tecnológicos y no la difusión del arte clásico a través de nuevas tecnologías de información [objetivo primordial de nuestro blog y cuenta de Twitter].

El prototipo que atrajo mi atención en mayor medida fue “ACCESS: an interactive art installation”, trabajo de Marie Sester que se aprecia en el video de la parte superior de esta entrada. Su dinámica consiste en enfocar, ya sea de forma aleatoria o por elección de un usuario de internet, a un transeúnte con un reflector de luz que seguirá cada uno de sus pasos.

La formación artística es determinada por la postura y decisiones que asume cada uno de los electos. Sus trayectorias, movimientos y reacciones se transformarán en una obra única e irrepetible como respuesta al commandment del juego: “This is your moment, this is your opportunity… and please do entertain us.”

De todo el análisis semántico e interpretativo que podríamos hacer a partir de este ludus, hay dos características esenciales que destacar de su desarrollo y ejecución.

De la misma forma en que sucede con el Social Media, la sustancia de este discurso artístico es efímera. Su construcción está condenada a un momento transitorio que será sustituido fugazmente, misma forma en que surgió.

Sin embargo, la obra posmoderna desafía la apreciación tradicional del arte, donde impera el objeto concluso como efecto del horizonte de su autor. Por el contrario, este tipo de desarrollo mantiene el discurso abierto ante el receptor y lo hace partícipe de sí.

Podemos concluir que, mientras las redes sociales son el medio pionero que permite una interacción más rica, concreta, inmediata y constate con el público, el arte mediante las nuevas tecnologías transpola el propósito de la obra de emitir un discurso escénico preconcebido a compartir y permitir la construcción diegética con el receptor.

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Bendición para una despedida

Recordaba claramente la melodía. Bajo tu batuta había cantado por vez primera aquellas líneas. Algunos años habían pasado y nuestras faltas estaban separándonos.

Sentados en equinas opuestas del salón, en medio de una kermés de músicos, comenzamos a cantar la Bendición de John Rutter, dispuestos a dejar todo atrás.

Comprendí esa noche ¡por fin! el corazón y las emociones del británico al escribir tan sentimental melodía.

Detuve mi mirada en tu rostro; las lágrimas obstruían mi cantar. ¡Era aquella, la bendición para una despedida!

El adiós de un amor pleno e incompleto. El sepelio de un amor que concluía sin final.

Nunca antes había vibrado en una interpretación como lo hacía aquella noche al decir “Que Dios te bendiga y te guarde… que Él se apiade de ti”.

No deseaba más que tu alegría y tranquilidad, por eso me despedía. “Y te dé paz”.

Cerré mis ojos y distinguí tu voz a lo lejos. Eras tú, tú mismo diciéndome adiós.

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Cantar a Bach: una locura

Dialogaba con un ratón de biblioteca -joven introvertido, de cabellera despeinada y culto -cuando se me ocurrió comentarle que en el coro ensayábamos uno de los oratorios más famosos de Johann S. Bach.

La respuesta inmediata de este intelectual fue “se necesita estar loco para cantar a Bach”.

¿Estar loco? ¿Cómo? Si cantar a Bach debería ser una de las experiencias más sublimes y enriquecedoras para el cantante. ¿En qué radicaba la locura? Justamente en eso; cada una de las composiciones del alemán contiene una carga de simbolismos musicales imposibles de ser asimilados de una sola vez.

Desde luego que ante mi inminente desagrado y terquedad, el muchacho no quiso responder.  Sin embargo, la afirmación me dejó impactada. ¡Claro que sí! Cantar a Bach es una locura en tanto que cada oratorio, cantata y aria del compositor barroco es un reto para la capacidad cognitiva, sensitiva y vocal del intérprete.

He deseado compartir con ustedes mediante la serie Cantar a Bach, cinco características esenciales de la música vocal de Johann Sebastian que hacen tanto de su interpretación como de su apreciación una práctica sensorial única.

Es preciso recordar que cerca del noventa por ciento de la música coral que compuso Bach trata de temas sacros, lo que de entrada la dota de un sentido solemne. Asimismo, hay que tener en cuenta el periodo histórico-cultural en que vivió. Bach es considerado el máximo expositor del barroco del siglo XVIII, corriente artística caracterizada por la desmesurada sobrecarga de elementos.

Bajo estas premisas, he desarrollado el análisis de cinco características de las composiciones corales del Padre de la música, a través de algunas de sus obras más representativas. El desarrollo de este ejercicio no ha resultado únicamente en las entradas anteriores, sino en una conceptualización personal más profunda de quién era Juan Sebastián Bach, conclusión a la que deseo lleguen ustedes también.

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VELOCIDAD - CANTAR A BACH V

Para concluir la serie Cantar a Bach, quisiera hablar de una particularidad que reta a los cantantes en talento, técnica y concentración: la precisión a gran velocidad.

Para Juan Sebastián Bach, llevar un pulso acelerado no era obstáculo para recrear figuras rítmicas y melódicas complicadas. Al contrario, era una de sus prácticas preferidas, tal vez porque era un genio o quizá porque no acostumbraba cantar. Pero cualquiera que haya interpretado a Bach conoce el grado de dificultad y el tiempo de estudio que requieren sus corales.

Síncopas, intervalos amplios, contrapuntos, notas muy agudas (o muy graves), melismas, respiraciones breves; de todo ello están plagadas sus composiciones en tempo Allegro, Molto Vivace y Presto.

Uno de sus favoritos, Alla breve, está claramente representado en el segundo movimiento de la Cantata no. 4 “Christ lag in Todesbanden”. Después de 67 compases en Allegro, Bach decide aumentar el reto y acelera el pulso casi al doble. Además, provoca a las cuatro voces a jugar una bellísima fuga usando tan sólo la palabra Hallelujah.

Se trata de cerca de un minuto de persecución exacta donde no deben empalmarse las entradas de las voces; de saltos de novenas, octavas y quintas a gran velocidad; de respuestas inmediatas y contrapuntos; pero, sobre todo, de una experiencia musical indescriptible.

A TUNE
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SEMIÓTICA - CANTAR A BACH IV

La música es por naturaleza semiótica; un signo intencionado en busca de su analista. Cuánto más la música coral, que pretende con su melodía respaldar las ideas textuales. Debo decir que Johann Sebastian es uno de los compositores más semióticos que he cantado, junto con Georg F. Händel y Johannes Brahams.

No imagino una situación de mayor tensión y letargo que el momento en que Poncio Pilato entrega a Cristo para ser crucificado. Mucho más allá de la interpretación teológica que cada uno asuma personalmente, éste es un suceso que impactó la historia del mundo.

La representación de dicha escena en la Misa en Si bemol menor de Bach descubre características factibles de la escena; rasgos semióticos que interpretan las voces y la orquesta en el coro “Crucifixus”.

Distinguimos el uso de figuras rítmicas prolongadas –mitades y redondas –, denotando el sopor de la carga espiritual y emocional que colgaba sobre aquella cruz. El tiempo no se apiadó del sufrimiento del Mesías.

El ambiente lo percibimos gracias a la tonalidad del coro: Mi Menor, un tono auténticamente melancólico y oscuro, como el cielo nublado que prevaleció cuando el Padre dio la espalda a su Unigénito.

Es necesario notar el sublime bajo continuo que ejecutan las cuerdas. Un marcado ritmo que parece cavar cada vez más hondo, a la par de los insistentes latigazos y ofensas que proferían al Rey de los Judíos.

Encontramos, finalmente, que Bach da dos resoluciones armónicas al coral. La primera Menor, cinco compases antes del final, como resultado coherente de la obra [una misa] y del movimiento [la crucifixión]. Y la última Mayor, con la intención de trasladarlos a la continuación gloriosa: “Et Resurrexit”.